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25
febrero
2013

LA TRAMPA DE LA FELICIDAD

Supongamos por un momento que casi todo lo que creemos respecto a la felicidad resultara ser inexacto, erróneo o incluso falso. Y supongamos que esas mismas creencias estuvieran causando nuestra infelicidad. ¿Y si nuestros esfuerzos por ser felices estuvieran impidiéndonos conseguirlo? ¿Y si casi toda la gente que conocemos estuviera en el mismo barco – incluyendo todos esos psicólogos, psiquiatras y gurus que afirman tener todas las respuestas?

Estas preguntas no pretenden únicamente llamar la atención. Surgen de un acumulo de pruebas científicas que indican que estamos todos atrapados en una poderosa trampa psicológica. Vivimos nuestras vidas guiándonos por muchas creencias inexactas e ineficaces acerca de la felicidad – ideas ampliamente aceptadas por la sociedad porque “todo el mundo sabe que son verdad”. A primera vista esas creencias parecen tener sentido – por eso mismo las encontramos una y otra vez en casi todos los libros de autoayuda que leemos. Pero esas creencias erróneas son la causa y el combustible de un círculo vicioso en el que cuanto más intentamos encontrar la felicidad, más sufrimos. Esta trampa psicológica está tan bien escondida que no caemos en la cuenta de que estamos atrapados y controlados por ella.

Hasta aquí las malas noticias.

La buena noticia es que hay esperanza. Se puede aprender a reconocer “la trampa de la felicidad” y, lo que es más importante, a salir de ella – y mantenerse fuera. Las habilidades y el conocimiento necesarios para ello se basan en un nuevo y revolucionario desarrollo de la psicología humana : un poderoso modelo de cambio llamado ACT (Terapia de Aceptación y Compromiso).

ACT fue creado en los Estados Unidos por el psicólogo Steven Hayes y desarrollado posteriormente por otros colegas incluyendo a Kelly Wilson y a Kirk Stroshal. ACT ha mostrado ser asombrosamente efectiva en una amplia variedad de problemas, desde depresión y ansiedad a dolor crónico y adicciones. Por ejemplo, los psicólogos Patty Bach y Steven Hayes usaron ACT con pacientes de esquizofrenía y mostraron que cuatro horas de terapia bastaron para reducir las hospitalizaciones a la mitad! ACT ha probado ser altamente efectiva para asuntos menos dramáticos que nos tocan a muchos tales como dejar de fumar o reducir el estrés. A diferencia de la mayoría de las terapias, ACT tiene una firme base en la investigación científica y por eso mismo su popularidad entre los psicólogos de todo el mundo está creciendo rápidamente.

El objetivo de ACT es proporcionar ayuda para vivir una vida rica y significativa, manejando de manera efectiva el dolor que inevitablemente encontraremos. Esto se consigue mediante seis principios fundamentales que resultan ser muy distintos de las estrategias de sentido común que sugieren la mayoría de las manuales de auto ayuda.

¿Es normal la felicidad?

En el mundo occidental disfrutamos hoy en día de la mayor calidad de vida jamás conocida. Disponemos de mejores tratamientos médicos, más y mejores alimentos, mejores condiciones de alojamiento e higiene, más dinero, más bienestar, mayor acceso a la educación, a la justicia, a los viajes, al entretenimiento y las oportunidades laborales. Sin duda, la clase media hoy vive mejor que la realeza de no hace tanto tiempo, y aún así hay sufrimiento humano por todas partes.
Las secciones de psicología y desarrollo personal de las librerías crecen a un ritmo nunca visto. Sus títulos abarcan depresión, ansiedad, anorexia nerviosa, sobre ingesta, manejo de la ira, divorcio, problemas de pareja y sexuales, adicciones, baja auto estima, soledad, duelo, juego – si tiene nombre hay un libro al respecto. Mientras, en televisión y radio, revistas y periódicos, los “expertos” nos bombardean con consejos para mejorar nuestra vida. Es por ello que el número de psicólogos, psiquiatras, consejeros matrimoniales, trabajadores sociales “coaches personales” se incrementa cada año. Y sin embargo – esto da que pensar – toda esta ayuda, consejos y sabiduría no ha conseguido que el sufrimiento humano disminuya sino que crezca a marchas forzadas!

Las estadísticas son abrumadoras : todos los años cerca del 30 por ciento de la población adulta sufrirá algún trastorno mental reconocido. Según la Organización Mundial de la Salud la depresión es la cuarta enfermedad en el mundo por el coste y deterioro que conlleva y será la segunda en el año 2020. Una semana cualquiera, una décima parte de la población adulta sufre una depresión clínica, y una de cada cinco personas la sufrirá en algún momento de su vida. Más aún, uno de cada cuatro adultos, en algún momento de su vida, sufrirá algún tipo de adicción, de ahí que hoy haya más de 20 millones de alcohólicos solo en los Estados Unidos.

Más asombroso y serio que las estadísticas es el hecho de que una de cada dos personas atravesará un momento en su vida en el que contemplará seriamente el suicidio y luchará con el durante dos semanas o más. Más alarmante aún, una de cada diez personas intentará, en algún momento, acabar con su vida.

Pensemos en estas cifras por un instante. Pensemos en la gente de nuestra vida : amigos, familiares, compañeros de trabajo. Contemplemos lo que esas cifras implican : de toda la gente que conocemos, casi la mitad, en algún momento de su vida, se sentirá tan abrumada por el sufrimiento que contemplará seriamente el suicidio. Y uno de cada 10 lo intentará! En los últimos dos siglos se ha duplicado la esperanza de vida. Pero acaso hemos doblado la riqueza y plenitud de esa vida? Las estadísticas nos dan la respuesta alto y claro : la felicidad duradera, en el sentido corriente del término, no es normal!

¿Porqué es tan difícil ser feliz?

Para contestar esta pregunta tenemos que viajar hacia atrás en el tiempo. La mente humana moderna, con su asombrosa habilidad para analizar, planear, crear y comunicar, ha evolucionado mucho en los últimos cientos de miles de años, desde que nuestra especie, Homo sapiens, apareció en el planeta. Pero nuestra mente no evolucionó para que nos sintiéramos bien y así poder contar chistes graciosos, escribir sonetos y decir “te quiero”. Nuestra mente evolucionó para ayudarnos a sobrevivir en un mundo plagado de peligros. Imaginemos que somos uno de esos primeros cazadores-recolectores. Cuales son nuestras necesidades esenciales para sobrevivir y reproducirnos?

Son cuatro : comida, agua, cobijo y sexo, pero ninguna de ellas significa nada para un muerto. De modo que la prioridad numero uno de la mente humana primitiva era estar pendiente de cualquier cosa que pudiera causar daño y evitarla. En esencia, la mente humana primitiva era un detector para “que no te maten” y fue enormemente útil. Cuanto mejor anticipaban y evitaban el peligro nuestros ancestros, más tiempo vivían y más niños tenían.

Con cada generación la mente humana perfeccionó su capacidad de predecir y evitar el peligro. Y ahora, tras ciento de miles de años de evolución, la mente moderna sigue detectando el peligro constantemente. Valora y juzga casi cada cosa que nos encontramos. ¿Es bueno o malo? ¿Seguro o peligroso? ¿Dañino o útil? Hoy en día, sin embargo, nuestra mente no nos advierte de gatos con dientes de sable o lobos de 200 kilos. En su lugar, nos advierte de la posibilidad de perder el trabajo, ser rechazados, que nos pongan una multa, no poder pagar las facturas, hacer el ridículo en público, preocupar a nuestros seres queridos o de cualquiera de las otras miles de preocupaciones corrientes. De ahí que pasemos un montón de tiempo preocupándonos de cosas que, con demasiada frecuencia, nunca llegan a pasar.

También esencial para la supervivencia de los primeros humanos era la pertenencia a un grupo. Si tu clan te echara no pasaría demasiado tiempo antes de que el lobo te encontrara. ¿Como pues nos protege la mente del rechazo del grupo? Comparándonos con otros miembros del clan: ¿Encajo? ¿Lo hago bien? ¿Estoy aportando suficiente? ¿Soy tan bueno como los demás? ¿Estoy haciendo algo que pudiera hacer que me rechazaran?

¿Resulta familiar? Nuestras mentes del mundo moderno nos advierten continuamente de la posibilidad de rechazo y nos compara con el resto de la sociedad. No es extraño que gastemos tanta energía preocupandonos por si gustamos a los demás. No es extraño que busquemos siempre formas de mejorar o nos critiquemos por no estar a la altura. Unos cientos de miles de años atrás solo teníamos a unos pocos miembros del clan con los que compararnos. Pero hoy podemos abrir cualquier periódico o revista, encender cualquier televisión, seleccionar cualquier emisora de radio e inmediatamente encontrar un montón de personas que son más listas, más ricas, más altas, más delgadas, más sexies, más fuertes, más poderosas, más famosas o más admiradas que nosotros. Gracias a la evolución, nuestras mentes son tan sofisticadas que pueden incluso crear una fantasía de la persona que nos gustaría ser y luego comparar nuestro yo “real” con ese modelo imposible. ¿Que posibilidades tenemos? Siempre terminaremos sintiendo que no valemos lo suficiente.

Para cualquier persona de la Edad de Piedra con ambición, la regla del éxito es : cuanto más, mejor. Cuanto más sofisticadas las armas (y cuantas más tengas), más comida puede conseguir. Cuantas más reservas de comida, más oportunidades de vivir en tiempos de adversidad. Cuanto más solido el cobijo, más protegido del tiempo y los animales salvajes. Cuantos más hijos tengas, más posibilidades de que sobrevivan y lleguen a adultos. No es extraño pues que la mente moderna esté continuamente buscando más : más dinero, más estatus, más amor, más satisfacción en el trabajo, un coche más nuevo, un cuerpo que tenga un aspecto más joven, una pareja más joven, una casa más grande. Y si lo conseguimos, y si efectivamente ganamos más dinero o conseguimos un trabajo mejor, entonces estamos satisfechos – durante un tiempo. Más tarde o más temprano (generalmente más temprano) terminamos queriendo más.

Así que, la evolución ha modelado nuestra mente de tal modo que estamos casi inevitablemente destinados a sufrir psicológicamente : comparar, evaluar y criticar a nosotros mismos, fijarnos en lo que nos falta, estar insatisfechos con lo que tenemos e imaginar todo tipo de desgracias, la mayoría de las cuales jamás ocurren. No es extraño que a los humanos les resulte difícil ser felices.

¿Que es exactamente la felicidad?

Todos la queremos. Todos la buscamos. Incluso el Dalai Lama ha dicho “el verdadero propósito de la vida es la búsqueda de la felicidad”. Pero que es exactamente eso tan esquivo que buscamos?

La palabra felicidad tiene dos significados muy distintos. Generalmente alude a un sentimiento : una sensación de placer, contento o gratificación. A todos nos gusta tener sentimientos felices, de ahí que los busquemos. Sin embargo, como todos los demás sentimientos, los sentimientos de felicidad no duran. Sin importar cuan fuerte intentemos aferrarnos a ellos, se escapan siempre. Y, como veremos, una vida dedicada a perseguir esos sentimientos, es, cuanto menos, insatisfactoria. De hecho cuanto más perseguimos sentimientos placenteros, más propensos somos a sufrir ansiedad y depresión.

El otro significado de felicidad es una “vida rica, plena y significativa”. Cuando actuamos en áreas que realmente nos importan en el fondo de nuestros corazones, cuando nos movemos en direcciones que consideramos valiosas, cuando clarificamos lo que queremos en la vida y actuamos en consecuencia, la vida se hace rica, plena, significativa y experimentamos un poderoso sentido de vitalidad. Este no es un sentimiento pasajero – es un profundo sentido de una vida bien vivida. Y aunque esa vida nos proporcionará sin duda muchos sentimientos placenteros también nos dará otros más incómodos como tristeza, miedo e ira. Al vivir una vida plena, se experimenta toda la gama de las emociones humanas.

Lo cierto es que la vida implica dolor. No hay forma de librarse. Como seres humanos todos nos enfrentamos al hecho de que tarde o temprano envejeceremos, enfermaremos y moriremos. Tarde o temprano perderemos relaciones valiosas por rechazo, separación o muerte. Tarde o temprano pasaremos una crisis, experimentaremos una decepción o un fracaso. De una manera u otra todos experimentaremos pensamientos y sentimientos dolorosos.

La buena noticia es que, aunque no podamos evitar ese dolor, podemos aprender a llevarlo mejor – a hacerle sitio, superarlo y construir una vida que valga la pena ser vivida.

Autor: Enrique Muñoz

Categoría: Actualidad infantil